Los playoffs de la NBA son una olla a presión que no se compara con nada en el mundo del deporte. Te pasas ochenta y dos partidos de temporada regular construyendo hábitos, probando quintetos y administrando los minutos de tu gente, solo para desembocar en una llave de muerte súbita. Aquí, cada error te pasa factura y cualquier actuación brillante queda para la historia. La temporada regular te dice quiénes son los mejores equipos, pero los playoffs te muestran quiénes son los verdaderos bravos, porque el margen de error simplemente desaparece. Tu rival se vuelve más inteligente, te estudia y juega con una desesperación que crece en cada ronda.
Esa realidad brutal es exactamente la que le acaba de chocar en la cara al Oklahoma City Thunder.
El nocaut tempranero en San Antonio
En el Juego 4, los San Antonio Spurs impusieron sus condiciones desde el saque. La verdad es que nunca hubo partido. OKC a las justas habrá estado arriba en el marcador por un par de segundos y por no más de un punto. Después del primer cuarto, ni siquiera olieron la ventaja. Fue ahí donde los Spurs, de la mano de Victor Wembanyama, buscaron el golpe de nocaut. A diferencia del Juego 3, esta vez sí lograron sostener ese arranque eléctrico para igualar la serie, metiendo un parcial de 20-4 y sacando 15 puntos de ventaja en los primeros ocho minutos.
Esa fluidez en ataque alimentó directamente su esquema defensivo, y el Thunder simplemente no supo qué responder. Shai Gilgeous-Alexander la tiene clara y reconoce que se han quedado recontra cortos en un aspecto clave durante estos dos últimos partidos de visita.
“Sí, nos metieron un puñete en la cara tempranito”, soltó el base durante la conferencia de prensa. “Van dos partidos seguidos donde ellos salen a proponer, son los agresores. En el partido anterior pudimos corregir sobre la marcha. Esta noche, nada que ver. Tenemos que arrancar mejor los partidos. Sabemos que de visita es más yuca, pero si queremos ganar contra un equipazo así, hay que salir y hacerlo”.
San Antonio ya había arrancado el Juego 3 con un 15-0, pero esa vez la banca de OKC hizo una chamba histórica para darle vuelta. En la postemporada, sin embargo, los equipos se adaptan rapidísimo. El mismo Wembanyama avisó que ya le estaban sacando la placa a las tendencias del Thunder y ajustando el esquema. Para colmo de males, la noche se le hizo más pesada a OKC por las bajas de Jalen Williams y Ajay Mitchell. SGA se quedó como el único capaz de crear sus propios tiros, y la defensa de los Spurs le cayó encima con inteligencia, forzando pérdidas y dejándolo en 19 puntos con una baja efectividad.
Aun así, Gilgeous-Alexander no quiso usar las ausencias como excusa. Para el dos veces MVP, la cosa pasa por la actitud: “Es como un efecto bola de nieve. Si sales con la energía a tope, las cosas fluyen y la ofensiva camina. Hoy nos faltó esa chispa desde el arranque. Nos estancamos, y ellos impusieron el ritmo en ambos lados de la cancha”.
Volver a casa le va a servir a OKC para recalibrar y jugar más cómodos, lo cual pinta bien para evitar otro arranque dormilón. Pero hay un elefante en la habitación cuando atacan y no lo pueden ignorar.
El problema de Holmgren bajo el aro
Chet Holmgren volvió a pasar desapercibido contra los Spurs. En cuatro partidos de la serie, su tope ha sido 14 puntos, un bajón tremendo considerando que venía de meter 15 o más en cuatro juegos seguidos antes de esta llave. Su falta de impacto está pesando muchísimo en el atasco ofensivo del Thunder, sobre todo ahora que no está Williams para asumir como segunda espada.
Shai comentó que está buscando la forma de usar los espacios que él mismo genera para meter más al pívot en el partido. “Chet es un blanco fácil de encontrar, así que de repente toca buscarlo más en la zona del dunker cuando hay espacio, ponerlo en posiciones donde pueda explotar su talento. Ahorita no sé exactamente cómo se verá eso porque acabo de salir de jugar, pero mirando los videos fijo encontramos la forma”.
El gran inconveniente tiene nombre, apellido y mide más de dos metros veinte: Victor Wembanyama. OKC le tiene respeto a su presencia en la pintura y, a propósito, están evitando meterse ahí. Y justo ahí es donde Holmgren la sufre más. Lo están obligando a jugar lejos de su zona de confort, sumando apenas 16 tiros a menos de metro y medio del canasto en lo que va de la serie. Para que se den una idea, contra los Lakers tiró 25 veces desde esa misma distancia en cuatro partidos y metió el 96%. Pero claro, es tranca imponerse cuando Wemby te está esperando con los brazos abiertos.
El francés ya le ha metido un par de tapones a su archirrival, y la cruda verdad es que este emparejamiento individual te puede cambiar el rumbo de toda la serie. El Thunder necesita a un Holmgren mucho más agresivo, más aún sin Williams. Pasa más por fajarse contra Wemby que por agarrar ritmo solo. Es una vaina parecida a lo de Jalen Duren en su momento. Holmgren no puede andar arrugando cerca del aro cuando esa es su especialidad. Wembanyama de todas maneras le va a tapar un par, pero si el alero del Thunder es insistente y logra desgastarlo, el partido se inclina a favor de OKC.
La anatomía del dominio absoluto
Ver a un equipo joven como el Thunder sudar la gota gorda para descifrar a un solo jugador defensivo nos recuerda qué es lo que hace que una actuación en playoffs sea verdaderamente histórica. Las estadísticas importan, de hecho, pero el contexto te cuenta la película completa. Un pata que te clava 35 puntos por partido en un equipo repleto de estrellas es un crack, no hay duda. Pero un jugador que promedia esos mismos 35 mientras se carga al hombro a un plantel parchado durante cinco rondas, tomando la decisión correcta en el momento donde las papas queman y subiendo su nivel cuando su equipo más lo necesita, eso ya es entrar a otra dimensión.
Las actuaciones que han marcado época en la NBA son aquellas donde un solo jugador hacía que el resultado pareciera casi inevitable; escenarios donde el rival hacía todo perfecto y, aun así, terminaba pidiendo chepa.
5. Shaquille O’Neal con los Lakers (2000) Este fue el Prime de Shaq. Promedió 30 puntos y 15 rebotes en más de 1,000 minutos de postemporada. El tipo salía en los Juegos 1 de las primeras cuatro llaves a promediar 41 puntazos con un 60% de efectividad, y cerró el kiosco con otros 41 puntos en el decisivo Juego 6 de las Finales contra Indiana. Su tasa de rebotes ofensivos superó el 20%, la mejor de su carrera. Esa combinación de tamaño, técnica y estado físico era algo que la liga no veía en un pívot desde los tiempos de Wilt Chamberlain.
4. Michael Jordan con los Bulls (1993) Jordan absorbió el 38% de las jugadas de Chicago en esos playoffs, la tasa de uso más bestia de la historia para alguien que terminó llevándose el anillo, y todo esto manteniendo una eficiencia de locos. Les metió 41 puntos por partido a los Phoenix Suns en las Finales, incluyendo esa explosión de 55 puntos en el Juego 4, y metió los tiros más pesados en cada etapa del torneo. Lo bravo fue contra los Knicks en las semifinales de conferencia: después de un par de noches horribles, el tipo respondió clavando 54 puntos en el Juego 4 y armándose un triple-doble en el Juego 5 para ganar en el Madison Square Garden y quebrar la serie.
3. LeBron James con el Heat (2012) Acá fue cuando LeBron por fin mandó a callar a todos los que decían que se le encogía el brazo en los momentos clave, y la forma en que lo hizo fue espectacular. Con Miami abajo 2-1 contra Indiana en la segunda ronda, anotó 21 de sus 40 puntos y atrapó 13 de sus 18 rebotes en la segunda mitad para revivir al equipo. Luego, en el Juego 6 de las finales de conferencia en Boston, a un paso de irse de vacaciones, el tipo metió 12 tiros seguidos y ya tenía 30 puntos al descanso. Terminó con 45. Fue la muestra de voluntad y talento más sostenida de toda su carrera en una sola postemporada.
2. LeBron James con los Cavaliers (2016) Tener al frente a unos Warriors que venían de ganar 73 partidos en la regular, estar abajo 3-1 en las Finales y darle vuelta, es algo que absolutamente nadie había hecho en la historia de la liga. LeBron promedió 36 puntos, 12 rebotes y 10 asistencias en los últimos tres juegos (todos victorias, dos de ellas de visita). Su tapón a Andre Iguodala, corriendo la cancha al final del Juego 7, es la imagen que define su carrera; la jugada que cristalizó todo lo que era capaz de hacer en su máximo nivel.
1. Michael Jordan con los Bulls (1991) El primer campeonato de Jordan sigue siendo la demostración individual más dominante en la historia de los playoffs, y por un margen largo. Promedió 31 puntos, 11 asistencias y 7 rebotes en las Finales contra los Lakers, se mandó con cuatro dobles-dobles de puntos y asistencias en cinco partidos, y lo hizo todo mientras empujaba a los Bulls por encima de los Pistons, el equipo que los había tenido de hijos y les había bloqueado el camino al título durante tres años seguidos. Los Bulls terminaron con un récord de 15-2, superando a sus rivales por 11.7 puntos de diferencia en promedio, con Jordan guardándose su mejor versión exclusivamente para los momentos donde la gloria lo exigía.